Cuando una persona se encuentra en una situación que le resulta estresante, su cuerpo responde mediante lo que se llama el síndrome general de adaptación, que es un modo de prepararse para afrontar el estrés. Este síndrome se divide en tres fases: alarma, resistencia y agotamiento. Cuando entras en la fase de agotamiento es cuando se habla de burnout o de estar quemado.
El síndrome general de adaptación (las tres fases del estrés)
La fase de alarma de la respuesta del estrés consiste en una serie de reacciones hormonales y fisiológicas que te activan, dándote la energía que necesitas para afrontar la situación estresante y preparándote para la huida o la lucha.
Si la fuente de estrés continua, entras en la fase de resistencia, en la que tu cuerpo mantiene esa activación de manera constante mediante un gran esfuerzo de resistencia y sin descanso. Debido a la activación persistente pueden empezar a aparecer problemas físicos como hipertensión, úlceras gástricas, dolores musculares u otros. En el artículo Cómo las emociones te pueden enfermar encontrarás más información sobre el efecto del estrés crónico.
Por supuesto, esta activación no puede mantenerse demasiado tiempo, pues tu cuerpo necesita volver a sus niveles normales para descansar. Si esto no sucede debido a que la situación estresante sigue presente, llega un momento en que acabas entrando en la fase de agotamiento porque tu cuerpo ya no es capaz de mantener ese estado de activación.
Esto es lo que se llama estar quemado, burnout o fatiga adrenal (debido a que las glándulas adrenales son las que producen las hormonas del estrés).
Los síntomas del burnout
1. Cansancio. Cuando entras en la fase de agotamiento sientes un cansancio constante, falta de energía, de fuerzas y de vitalidad.
2. Falta de motivación. No sientes entusiasmo por nada, y nada parece interesarte lo suficiente, no tienes ganas de trabajar, te cuesta mucho ponerte en marcha por las mañanas y las tareas que tienes que realizar a lo largo del día te resultan abrumadoras.
3. Emociones negativas. Puedes sentir frustración, depresión, ansiedad, sientes desilusión con casi todo, pesimismo, cinismo, resentimiento, desesperación. Sientes que no puedes más y puedes empezar a pensar que nada importa realmente. Lo cierto es que tu cuerpo (y tu mente) está tan agotado que no es raro que no le importe nada excepto lograr ese descanso que no puede conseguir.
4. Problemas cognitivos. Tienes problemas para prestar atención, pensar, concentrarte, o recordar. Cuando una persona está estresada, su mente está centrada exclusivamente en la fuente de estrés, que percibe como una amenaza. A corto plazo, esto ayuda a solucionar el problema al centrar toda tu atención en él, pero cuando el estrés es crónico, esta "visión en túnel" se traduce en problemas para prestar atención a cualquier otra cosa, afectando tu habilidad para tomar decisiones, recordar cosas, pensar o funcionar con normalidad.
5. Disminución del rendimiento. Como consecuencia de todo lo anterior, tu rendimiento en el trabajo o los estudios disminuye.
6. Problemas en tus relaciones. Tu forma de relacionarte con los demás también cambia. Debido a tu frustración, mal humor, abatimiento y otras emociones negativas, tal vez tengas más discusiones, o bien te alejas de los demás, no estás del todo presente cuando estás con ellos, no les prestas atención, etc.
7. Conductas perjudiciales. Algunas personas recurren a estrategias poco sanas para afrontar su situación, como beber en exceso, fumar demasiado, comer mucha comida basura, dejar de hacer ejercicio, pasar demasiado tiempo sentado, no comer lo suficiente, dormir poco o mal, recurrir a la automedicación, tomar demasiado café, etc.
8. Problemas de salud. Puedes tener dolores de cabeza, dolores musculares, problemas digestivos, depresión, etc.

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