Mediodía en el interior de Santiago bajo un sol de fuego. El camino de tierra serpentea vaporoso bajo un cielo de nubes blancas que asfixian —amenazantes de humedad— con una lluvia que no llegará.

Desde la ruta, la camioneta del Multimedio recorre, uno a uno, los 54 kilómetros que restan de viaje hacia un paraje que muchos lugareños prefieren evitar nombrar. Punta Pozo tiene, por estos días, el poder de las palabras que prefieren ser evitadas.

Una sucesión de fenómenos paranormales, sin explicación alguna, ha sumido a los pobladores en el terror y el espanto. Todos son protagonizados y sufridos por la familia Ibáñez, compuesta por un padre ausente por el rudo oficio de peón golondrina, Sabrina y sus siete hijos. Todos, conviviendo al cobijo de un paupérrimo rancho de tan sólo tres habitaciones.

El camino es tortuoso. El polvo de en suspenso entra por cada orificio de la camioneta, inundándolo todo de un talco volátil que dificulta la respiración.
Sugestiones momentáneas de miedo, que aceleran el ritmo cardíaco de quienes nos acercamos a un sitio en el que pasan cosas de las que cualquier ser humano normal —y en sus cabales— huye.

El puñado de datos que nos brinda un baquiano es espeluznante y tiene como protagonista a Sabrina, la adolescente de 16 años que vive episodios de alucinaciones recurrentes, dice “pelear con espíritus” y sonríe, cada vez que se le menciona el tema, con un gesto extraño que inspira tomar distancia.

Llegamos al rancho sin aviso y, como por una predestinación, estaban todos sentados bajo unos horcones con techo de adobe al reparo del calor, que por esas horas era la peor maldición en un solitario lugar, prácticamente despoblado y huérfano de existencias.

Golpeamos las manos y un hombre salió a nuestro encuentro. Muchas veces este cronista ha visitado el interior provincial. Los perros no ladraron. Fue la primera mala señal de un viaje que prometía sorprendentes revelaciones...