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En el verano de 1996, siete jóvenes investigadores del MIT llevaron a cabo un experimento para difuminar la línea entre el ser humano y el ordenador, para vivir de modo simultáneo. Durante varias semanas llevaron teclados en los bolsillos, radiotransmisores en sus mochilas y una pequeña pantalla delante de los ojos. Se hacían llamar ‘cyborgs’ y venían a ser una especie de monstruos.

«Hoy todos somos ‘cyborgs’», señala Sherry Turkle, psicóloga del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Han pasado solo 16 años de aquel experimento y ya es una realidad: en la actualidad vivimos en conexión permanente. En apenas unos cuantos años, una gran parte de los habitantes del llamado Primer Mundo se han ‘fusionado’ con sus máquinas. Miran una pantalla por lo menos ocho horas al día, más tiempo que el empleado en cualquier otra actividad, incluyendo dormir. Cuando Obama se presentó como candidato a la Presidencia, el iPhone todavía no había sido lanzado al mercado. Los teléfonos inteligentes hoy superan en número a los modelos tradicionales, y más de la tercera parte de los usuarios se conectan a Internet antes de levantarse de la cama.

A la vez, el envío de SMS se ha convertido en algo tan natural como respirar: con independencia del grupo de edad, una persona recibe de media unos 400 mensajes de texto al mes, cuatro veces la cifra de 2007. El ‘adolescente promedio’ procesa el asombroso número de 3700 textos al mes, el doble que en 2007. Y más de las dos terceras partes de esos cyborgs normales y corrientes aseguran que a veces notan que su móvil vibra cuando en realidad no está vibrando en absoluto. El fenómeno ya tiene nombre: síndrome de la vibración fantasma. La investigación está dejando claro que Internet no es ‘otro’ simple sistema de transmisión de datos. Está creando un entorno mental nuevo.

¿Internet nos está volviendo locos?

No, si de lo que estamos hablando es de la propia tecnología o de los contenidos. Pero todas las investigaciones realizadas en más de una docena de países apuntan en una misma dirección. Peter Whybrow, director del Instituto de Neurociencia y Comportamiento Humano de la Universidad de California en Los Ángeles, afirma con rotundidad que «el ordenador viene a ser cocaína electrónica», generador de ciclos de euforia seguidos por bajones depresivos. Internet «produce estados de ansiedad y provoca comportamientos compulsivos», incide Nicholas Carr, cuyo libro The shallows -acerca de los efectos de la web- fue nominado para el premio Pulitzer. La Red «fomenta nuestras obsesiones, dependencia y reacciones de estrés», agrega Larry Rosen, un psicólogo de California que lleva décadas investigando los efectos de Internet.

El temor a que la Red y la tecnología móvil contribuyan a la adicción -por no mencionar los trastornos obsesivo-compulsivo y de déficit de atención- existe desde hace décadas, pero los escépticos al respecto hasta ahora llevaban las de ganar, apelando al sarcasmo muchas veces: «¿Con qué nos van a venir la próxima vez? ¿Con el abuso de los microondas o con la adicción a la barra de cacao para los labios?», escribió un crítico en 2006.

Pero las cosas han cambiado. Tanto que el manual que se usa para diagnosticar enfermedades en Estados Unidos incluirá el próximo año por primera vez el trastorno de adicción a Internet, si bien en un apéndice con la etiqueta «a ser estudiado». En China, Corea y Taiwán, en los que hasta el 30 por ciento de los adolescentes están considerados adictos a la web, ya está aceptado dicho diagnóstico, y el uso problemático de Internet está empezando a estimarse como una grave crisis sanitaria.

Conectados 24 horas… 

La decisión de estar todo el día conectado no siempre es propia. No es la elección personal la que lleva a la mayoría de los jóvenes empleados de corporaciones a mantener el Blackberry en la mesita de noche, junto a la cama, ni la que lleva al 80 por ciento de las personas en vacaciones según otro estudio de 2011 a cargar con ordenadores portátiles y teléfonos para estar en contacto con su centro de trabajo. Pero es que, en realidad, la elección personal tampoco es la que lleva a los usuarios de teléfonos inteligentes a chequear sus móviles justo antes de acostarse y a los pocos minutos de despertar por la mañana. Da la impresión de que estamos eligiendo utilizar esta tecnología, pero el hecho es que dicha tecnología se está haciendo con nosotros merced a su potencial para la gratificación a corto plazo.

Cada pitido puede ser aviso de una oportunidad social, sexual o profesional, y nuestra respuesta en el acto genera una minirrecompensa en forma de descarga de dopamina. «Estas recompensas son pequeñas inyecciones de energía que alimentan el motor de la compulsión, de forma muy parecida al frisson sentido por el jugador cada vez que alguien deja una nueva carta sobre la mesa -explica la especialista del MIT Judith Donat-. En términos acumulativos, el efecto es potente y difícil de resistir».

Relación entre Internet y la depresión

El año pasado, cuando el canal MTV encuestó a sus espectadores de entre 13 y 30 años sobre sus hábitos en la Red, la mayoría dijo sentirse «definido» por cuanto colgaban en la web, «exhaustos» por tener que estar siempre colgando información y por completo incapaces de abstenerse de Internet por miedo a estar perdiéndose algo. MTV lo denominó el síndrome FOMO (Fear Of Missing Out).

El último estudio sobre la relación entre Internet y la depresión es aún más triste. La Universidad del Estado de Misuri estuvo siguiendo los hábitos en la Red de 216 jóvenes, el 30 por ciento de los cuales daban muestra de depresión. Los resultados, publicados el mes pasado, revelan que los jóvenes deprimidos son los que más usan Internet, los que dedican más horas al correo electrónico, los chats y los videojuegos. También son los que cambiaban con mayor frecuencia de ventanas de navegación, en una búsqueda constante y no fructífera, o eso se supone. Son como Doug, un alumno de una universidad del Medio Oeste que tenía cuatro avatares y mantenía los cuatro mundos virtuales abiertos en el ordenador, junto con sus trabajos universitarios, correo electrónico y videojuegos. Doug dijo a Turkle que su vida real «no es más que otra ventana más» y que «tampoco es que se trate de mi mejor ventana».

Algunos tratados sugieren que en este mundo digitalizado podría estar el origen de formas incluso más extremas de enfermedad mental: trastorno múltiple de la personalidad, alucinaciones y psicosis. Un equipo de investigadores de la Universidad de Tel Aviv publicó a finales del año pasado lo que definen como los primeros casos documentados de «psicosis inducida por Internet».

¿Y qué podemos hacer al respecto?

Pues, para empezar, tomar conciencia de la situación, decidir cómo queremos que sea nuestra relación con la Red y las nuevas tecnologías. Lo que está claro es que es nuestra mente la que está en juego.

 

Cómo hemos cambiado.

Hoy, lo primero que hacemos nada más levantarnos por la mañana es tocar un smartphone cuando apagamos la alarma. Medimos los pasos que damos con una pulsera, hacemos check-in allá donde vamos y vemos el Mundial mientras ojeamos en twitter un meme hilarante de algún creativo brillante cinco minutos después de que haya ocurrido algo en directo. Tenemos followers, buscamos fans y descargamos apps. Tuvimos inglés “nivel alto”, nos convertimos en Community Managers y aspiramos a ser Growth hackers.

Somos CEOs de nuestros blogs y emprender mola. Pero los empresarios son malos. Conectamos en Linkedin y ligamos en Tinder. Nunca tuvimos cuenta en Badoo. No vemos la tele y somos los reyes del networking. Hacemos la compra online, pagamos Spotify Premium porque apoyamos el arte y el talento. La SGAE es el demonio. Consultamos los muebles de IKEA en la web, Google Maps es nuestra brújula y las notificaciones nuestra salvación.

La cabeza agachada mirando al móvil. Todo es tácil, ya no vamos al cine y tenemos sobrinos o hijos que tocan el periódico (que no compramos) intentando ampliar las imágenes como si fuera el iPad. La noticia del año es que abren una nueva tienda de Apple. Y hacemos cola aunque no vayamos a comprar. El diferido ha perdido el sentido. Recuperamos contacto con amigos del colegio gracias a Facebook. Nuestra palabra más utilizada en el día a día es el “jajaja” (y sus variantes: “jeje”, “jijiji” e incluso “jo jo jo”).

Escribimos más que nunca; y peor. Leemos más que nunca; y peor. Las series son nuestro entretenimiento y tema de conversación. Y los hashtags. Si nos reímos mucho, LOL; si alucinamos, WOW; si no nos lo creemos, WTF.

Decimos “sip”, “nop”, “yep”. Y “ains”. Y “¿ein?”.

Ya no llamamos a los telefonillos de las casas y no tenemos teléfono fijo. Lo primero que hacemos al llegar a un hotel es pedir la wifi. Siempre llevamos el móvil más descargado de lo que nos gustaría. Las parejas discuten por whatsapp. Nuestras madres nos siguen en las redes sociales y es muy raro.

Salir a correr ahora es ser “runner” y no sirve igual si no lo contamos en nuestros perfiles con un mapa ilustrado. Adoramos las infografías. Los GIF animados son una revolución visual sin parangón que están revolucionando (una vez más) el contenido en Internet. Las listas. Las jodidas listas. Las cinco cosas que tienes que saber según el redactor de turno. Cargamos el teléfono en los bares, en el baño de los trenes y en las salas de espera de los aeropuertos mientras nos sentamos en el suelo intentando conectarnos a una wifi que casi siempre es de pago. Y nos indigna.

Lo viral, ahora, es bueno. Compartimos, en verano, fotos de pies y agua. Y de gatos (todo el año, eso sí).
Atendemos al teléfono antes que a nuestro interlocutor (con amigos o en reuniones. Da igual). Ya no hacemos llamadas perdidas. Winter is coming.

No quedamos “a tal hora” “en tal sitio” porque no es relevante; ya escribiré “a ver dónde estáis”. Llegamos tarde. Cancelamos reuniones y posponemos citas en el Google Calendar. No hay manera de escribir bien “a ver” en lugar de “haber” ni “por qué” en sus diferentes formas.

Descargamos películas y series. Pedimos comida a domicilio. Nos flipa el sushi. Votamos a los mismos de siempre… salvo que salga uno nuevo mucho en la tele, que no vemos. Jugamos online.

Damos likes. Tenemos fotos de nuestra cara en todos nuestros perfiles públicos. No vemos porno.
Nos vamos a Tailandia. Jugamos a Apalabrados, vamos “a un evento” y somos ponentes para contar nuestro caso de éxito. Los telediarios sólo cuentan malas noticias, el tiempo y una hora y media de fútbol. Las barbas han venido para quedarse.

Los selfies. Compramos en Amazon, nos enganchamos a “Megaconstrucciones” y criticamos a Ryanair. Idolatramos Breaking Bad. Los hipsters.

Mmm… ¿Qué más?

Alemania gana el Mundial, los políticos siguen creando leyes incomprensibles, la justicia es injusta, Israel y Palestina siguen matándose entre ellos y la corrupción está a la orden del día…

Ah… Pues tampoco hemos cambiado tanto.